| 20 de Marzo de 2011
El 27 de enero de 2011 regresaba de Ecuador, lugar en el que nací, a México, país en el resido. La ruta aérea prevista era: Quito -San José-Ciudad de México. Ese día de enero, el avión despegó a la hora prevista y aterrizamos en San José alrededor de las 4 de la tarde. En principio, tenía una hora de espera antes de tomar el vuelo de conexión. Una vez en la zona de tránsito aéreo, me fijé en las pantallas de conexiones y casualmente la hora para el vuelo hasta México había sido cambiada. No despegaríamos a las 5 de la tarde como estaba previsto, sino que tendríamos que esperar 10 horas para partir en la madrugada del día siguiente. A pesar de que la noticia no fue bien recibida por los casi 100 pasajeros del vuelo, la aerolínea solucionó este imprevisto de la mejor manera: esas largas horas de espera las pasaríamos en un hotel de la capital costarricense, y los costos, del transporte terrestre, de la comida y del hospedaje, correrían a cargo de la aerolínea. Siendo así, el cambio de itinerario no resultaba tan malo.
Para salir del aeropuerto, todos los pasajeros teníamos que hacer una fila y mostrar al personal de la aerolínea nuestros bording pass y el pasaporte. En la medida en que este control se llevaba a cabo, la fila se iba dividiendo en dos. A un lado quedaban todos los pasajeros que podían inmediatamente ingresar a Costa Rica, y al otro, aquellos que no. Cuando me tocó el control, el joven que me atendió revisó mis documentos, e inmediatamente me preguntó si contaba con el carnet de vacunación contra la fiebre amarilla. Le dije que no. A eso él respondió que tenerlo era un requisito para ingresar a ese país centroamericano. Pero, que no me preocupase, insistió, pues la aerolínea estaba redactando una carta con el nombre y número de pasaporte de todos aquellos pasajeros que no eran vacunados. Debido al contratiempo en el itinerario de vuelo, la aerolínea solicitaría a la dirección del departamento de migración del aeropuerto, que haga una excepción frente a ese requisito y nos deje ingresar al país por algunas horas. El joven se quedó con mi pasaporte, y me dijo que me sumara al grupo de espera, y que en menos de 20 minutos nos darían la autorización para salir al hotel. Me quedé muy confiada de que así sería, y que pronto estaría descansando en hotel de San José.
Habría pasado una hora desde ese último diálogo con aquel joven, cuando caí en cuenta que la gran mayoría de pasajeros ya había partido, y que en la sala de espera, sólo restaba una señora y su hijo de 2 años, un señor, y yo. Me llamó mucho la atención que sólo los tres nos hayamos quedado en el aeropuerto. Me acerqué, los saludé y les pregunté, si sabían qué había pasado con la autorización de ingreso y si acaso ellos tampoco eran vacunados. El señor, con total certeza, me respondió: “No se trata de la vacuna, se trata de la nacionalidad. Esto ya me pasó, y aquí no me dejan entrar. No nos van a llevar a ningún hotel, tenemos que quedarnos aquí”.
Su respuesta fue tan firme que ni siquiera lo dudé. Les pregunté cuáles eran sus nacionalidades, y en la medida que me lo iban diciendo, yo iba, a la vez, confirmando que efectivamente el problema no era la ausencia de la vacuna. El señor era nicaragüense. Nicaragua es el principal país emisor de emigrantes a Costa Rica, y también uno de los principales países de origen para migrantes indocumentados que transitan por México rumbo a Estados Unidos. La señora y su hijo eran colombianos, y yo ecuatoriana. Colombia y Ecuador posiblemente son los países sudamericanos que más restricciones migratorias tienen para que sus ciudadanos puedan ingresar a otros países. En el caso de los colombianos, el estigma del narcotráfico y la guerrilla se vuelve un impedimento para la libre circulación. Y los ecuatorianos, en cambio, se destacan por ser el grupo más números de migrantes sudamericanos que transitan de manera indocumentada y clandestina por ciertos países centroamericanos y por México con el afán de llegar a Estados Unidos. Además, desde principios del siglo XXI, el principal flujo de migrantes sudamericanos en España e Italia, proviene de Ecuador. Siendo así, nuestras nacionalidades no eran las más bienvenidas. No sólo que no éramos vacunados contra la fiebre amarilla, sino que además proveníamos de países que debían tener visa para entrar a Costa Rica, y ninguno de los tres contaba con ese requisito.
Sabiendo de ante mano que difícilmente podríamos ingresar al país, me acerqué al mismo joven que me había atendido. Le dije que había transcurrido más de una hora de espera, que estábamos cansados, y que queríamos una respuesta. Él, bastante nervioso, me contestó: “Le explico señorita: hemos hablado con migración. Ya revisaron sus pasaportes. Lamentablemente sus nacionalidades son restringidas, y no pueden entrar a Costa Rica. Además ninguno de los tres tiene visa estadounidense. Si la tuvieran pudieran entrar al país e ir al hotel. Pero, como no la tienen, y tampoco la visa de Costa Rica, deberán permanecer en el aeropuerto”. Al terminar su frase me miró y sonrió. Yo, en cambio, no pude evitar que una lágrima de indignación cayera. “Su nacionalidad es restringida”, eso fue lo único que retuve. Me sentía con un ser humano no válido, excluido y rechazado. Algo así como un apestado. ¿Con quién podía hablar? ¿A quién podía reclamar todo esto trato injusto? ¿Quién podía escuchar mi indignación? Frente a mis preguntas el joven de la aerolínea sólo atinó a decir: “Lamentablemente en este momento no hay nadie que pueda atenderla”; y seguramente nunca habrá alguien que pueda dar una respuesta frente hechos como estos.
Nos quedamos 10 horas en la sala de espera que nos asignaron. Dormir en el piso no fue lo más grave, ni tampoco tener que comer un sándwich cualquiera, sino el hecho de que nuestros pasaportes fueron retenidos, y como teníamos una nacionalidad restringida –entre líneas éramos posiblemente una “amenaza” –, dos custodios nos acompañaron durante las 10 horas de espera. Increíblemente si hubiéramos contado con una visa estadounidense, incluso sin tener la de Costa Rica, no hubiéramos pasado por todo esto. Al parecer frente a la supuesta “amenaza” migratoria la soberanía de los Estados queda entredicha, y sobre todo, el respeto a los derechos humanos. Entre los custodiados había un niño colombiano de 2 años, que sólo por su nacionalidad fue tratado en las mismas condiciones que nosotros que éramos adultos. Él también fue confinado a estar en un solo espacio en la zona de tránsito y a estar vigilado por un custodia.
Mientras nosotros dormimos en total un hora en el piso del aeropuerto, a las 2 de la mañana el resto de pasajeros, los que tenían nacionalidad permitida y válida (no sé si eran vacunados contra la fiebre amarilla, que al caso ya ni importa), llegaron recién bañados y bien descansados a tomar el vuelo hasta Ciudad de México. Sólo cuando estábamos próximos a abordar, nos devolvieron nuestros pasaportes y los custodios se fueron.
Esto es sólo una mínima muestra de cómo operan los Estados frente a la migración contemporánea: limitan el desplazamiento humano, construyen estigmatizaciones, y “normalmente” violentan – de manera veladas y otras veces de forma más explícita – a todos los que supuestamente tenemos nacionalidades “restringidas”, y por ende les podemos representar alguna amenaza. ¿A quién le podemos reclamar estas injusticias?
Soledad Álvarez Velasco, antropóloga



