29 de Enero de 2010
El desgarro de la diáspora en las imágenes de la autonomía de la migración
I. Una historia de desaceleración en los «Balcanes»
En las primeras páginas del libro El desapa recido (América), de Franz Kafka, se nos pone al corrien e de las modalidades de una llegada ret a rdada y desacelerada que se halla muy próxima a la genealogía de nuestra subjet ividad diaspórica. Cuando Karl Rossman, de dieciséis años de edad, «entraba en el puerto de Nueva York a bordo del barco que ya había aminorado la marcha», se dio cuenta «de que había olvidado el paraguas abajo, en el barco». Al ir a buscar el paraguas se pierde «por los corredores que zigzagueaban continuamente» y retarda con ello el momento de su «desembarco» casi hasta el infinito. ¿Acaso no quería bajar a tierra? Seguro que sí, pero ni para Kafka ni para nosotros es relevante aportar las pruebas de una intencionalidad en la llegada.
Esta llegada retardada, desacelerada, que se demora en su movilidad, ¿no era acaso, no el lugar, sino la posición de un recuerdo en formación, la óptica, la lógica de la frase de un posible movimiento de las imágenes en las que acontece algo así como la subjetividad de la migración? «Si pienso en mis primeras imágenes de Alemania», dice Natassa, una amiga de Hamburgo,
«veo las primeras fotos de nuestros padres: delante del coche nuevo, en la fábrica, en la estación. Pero si pienso en mí en esa misma época, veo imágenes en movimiento del viaje através de Yugoslavia.» Las imágenes de este recuerdo tienen la misma función que el paraguas en Kafka: sirven de coartada para una demora en el tránsito, en un periodo transitorio en el que se aplazan los procesos de identificación. Entre Tesalónica y Hambu rgo o entre Múnich y Tesalónica, durant e los dos días interminables del «viaje», entre el enigma de la l legada a Alemania y el enigma familiar de la otra llegada a Grecia, se encont raba ese paisaje transitorio de la Zona B, que iba desfilando por las vent ani l las del coche de los t rabajador es inmigrantes (y de sus hijos) o por las ventanillas del tren del legendario Acrópolis Express. Son las imágenes de nuestras miradas viajeras que iban juntando, en forma de una ruta mnemot écnica, nuest ros con fusos ademanes de la diáspora. ¿Un a rchivo? En cualquier caso, no fue ninguna casualidad el hecho de encontrarnos «casualmente» en las concurridas calles de Tesalónica.
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