29 de Enero de 2010
Los cambios sociales originados por las intensas corrientes migratorias se encuentran, sin duda, entre los de mayor calado registrados durante las últimas décadas. La potenciación del fenómeno migratorio plantea desafíos importantes y, por supuesto, también oportunidades considerables para la gestión de la vida en común de cualquier sociedad, retos y oportunidades que van mucho más allá del hecho coyuntural de que la inmigración se haya convertido en numerosos lugares en objeto de preocupación social y en arma arrojadiza en la contienda política diaria. Las consecuencias de las migraciones no son meramente epidérmicas, por más que a resultas de ellas se alteren la fisonomía cotidiana de las ciudades y pueblos en donde se asientan. Constituyen, por el contrario, un fenómeno de efectos estructurales que transforma profundamente la composición demográfica, el tejido social y el entramado cultural de casi todas las sociedades. Sus efectos tienen, además, alcance planetario, hasta el punto de que apenas existe hoy en día un país que no sea, bien receptor de migraciones, bien emisor, o bien país de tránsito; y son numerosos los países que poseen dos de estos perfiles o incluso los tres.ç
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